La Asociación Portuguesa de Arquitectos Paisajistas cumple medio siglo de vida y hemos querido entrevistar a su presidente, Carlos Correia, para conocer cómo ha sido la evolución de la entidad y la situación de esta disciplina en el país vecino
La asociación cumple este año 50 años. ¿Cómo ha evolucionado la arquitectura paisajista y la profesión en Portugal durante este medio siglo?
Me gustaría comenzar subrayando una diferencia fundamental de enfoque:nosotros en Portugal no hablamos de paisajismo —una escuela de pintura del siglo XVIII—, sino siempre y en todo momento de “Arquitectura Paisajista”. El paisajismo para nosotros se refiere, a lo sumo, a trabajos de jardinería, del inglés “landscaping”, y no al trabajo intelectual de creación de espacio que caracteriza a la Arquitectura Paisajista
La arquitectura paisajista en Portugal ha evolucionado profundamente, y esa evolución ha acompañado, en muchos aspectos, la propia maduración democrática del país.
Cuando nació la APAP, hablábamos de una disciplina mucho menos comprendida, frecuentemente reducida a una visión reducida y ornamental del paisaje. Hoy hablamos de una profesión que interviene en el centro de los grandes desafíos contemporáneos: clima, agua, biodiversidad, ciudades, movilidad, agricultura, salud pública y ordenación del territorio.
Contamos con una tradición intelectual muy sólida, heredera del pensamiento de Francisco Caldeira Cabral, que entendió desde muy temprano el paisaje como una síntesis entre ecología, cultura y proyecto. Ese legado sigue siendo extraordinariamente moderno.
Lo que ha cambiado es la escala de la responsabilidad. El arquitecto paisajista ha dejado de ser visto como alguien que “diseña zonas verdes” para convertirse, cada vez más, en un profesional que estructura el territorio y ayuda a resolver problemas complejos.
¿Qué legado deja la APAP tras 50 años?
La APAP deja un legado de resistencia, construcción institucional y afirmación disciplinar. Durante cinco décadas, la asociación ha sido la voz de una profesión que, muchas veces, tuvo que abrirse camino frente a la invisibilidad, la incomprensión e incluso cierta marginación institucional. Si hoy la arquitectura paisajista goza de reconocimiento técnico, académico y social, se debe en gran medida al trabajo persistente de sucesivas generaciones de profesionales que se negaron a aceptar la irrelevancia.
Pero existe un legado aún más importante: la construcción de una conciencia pública sobre el paisaje como bien común. En un país donde con demasiada frecuencia se ha planificado de forma fragmentada, la APAP ha insistido en una visión sistémica del territorio. Ese es un legado político, cultural y técnico.
¿Cuáles son hoy los principales retos del sector en Portugal?
El mayor desafío es, quizá, esta paradoja: nunca la arquitectura paisajista ha sido tan necesaria y, sin embargo, nunca ha estado tan lejos de ocupar plenamente el lugar que le corresponde en los procesos de toma de decisiones.
Vivimos en un país especialmente vulnerable al cambio climático. La sequía, la desertificación, los incendios, las inundaciones repentinas, la degradación ecológica, la presión urbanística y la pérdida de biodiversidad exigen precisamente el tipo de pensamiento integrado que ofrece nuestra disciplina.
Sin embargo, seguimos enfrentándonos a debilidades estructurales: una contratación pública insuficientemente cualificada, la ausencia de un marco regulador plenamente consolidado y una persistente infravaloración del papel técnico del arquitecto paisajista. Diría que el reto ya no es demostrar la utilidad de la profesión. Ese debate está superado. El desafío es conquistar una posición central en las instituciones.
¿Qué objetivos se marca la asociación a corto y largo plazo?
Existen prioridades muy claras. La primera es reforzar la cohesión de la profesión y acercar la APAP a los profesionales, especialmente a las nuevas generaciones. La segunda es consolidar el reconocimiento institucional de la arquitectura paisajista, incluyendo una cuestión que lleva demasiado tiempo pendiente: la regulación profesional.
Durante más de 25 años, la aspiración de contar con un colegio profesional autónomo movilizó legítimamente a muchos compañeros y formó parte de la historia de la profesión. Pero el liderazgo también exige realismo estratégico. Hoy entendemos que es necesario resolver el problema y no perpetuar el bloqueo.
En este contexto, abordamos con pragmatismo y sentido institucional el acercamiento al Colegio de Arquitectos, buscando una solución digna, eficaz y jurídicamente sólida que garantice la representación, la regulación y la protección efectiva del ejercicio profesional.
No se trata de renunciar a la identidad de la arquitectura paisajista, sino de asegurar, por fin, un marco funcional para la profesión. A largo plazo, queremos una arquitectura paisajista más influyente en las políticas públicas, más presente en el debate nacional y más reconocida por la sociedad.
¿Cuál es el estado de salud de la profesión en Portugal?
La profesión está viva, cualificada y cuenta con una gran solidez intelectual. Disponemos de excelentes escuelas, profesionales altamente competentes y una tradición reconocida internacionalmente, aunque no ocultaría que existe cierta frustración acumulada. Desde hace décadas, los arquitectos paisajistas demuestran su competencia en ámbitos absolutamente centrales para el futuro del territorio portugués y, aun así, no siempre encuentran el reconocimiento institucional o económico correspondiente, lo que genera desgaste. Al mismo tiempo, veo una nueva generación muy preparada, más internacional, más interdisciplinar y menos resignada.
Por ello, el diagnóstico es a la vez exigente y optimista: la profesión tiene un enorme potencial, pero necesita finalmente unas condiciones estructurales acordes con su relevancia.
¿Qué tendencias marcan actualmente la arquitectura paisajista en Portugal?
Creo que estamos asistiendo a una transformación muy relevante de la disciplina, quizá una de las más interesantes de las últimas décadas.
Durante mucho tiempo, la arquitectura paisajista fue injustamente interpretada por algunos como una práctica predominantemente compositiva u ornamental, excesivamente asociada a la idea del espacio verde como complemento urbano. Hoy esa visión resulta claramente insuficiente. La principal tendencia es la afirmación del paisaje como infraestructura esencial.
Esto significa comprender que el paisaje no es un adorno del territorio; es una estructura funcional que presta servicios ecológicos, sociales, climáticos e incluso económicos absolutamente decisivos.
Cuando hablamos de ciudades más resilientes frente al calor extremo, de retención e infiltración de aguas pluviales, de mitigación de inundaciones, de lucha contra la erosión, de conectividad ecológica, de biodiversidad urbana o de salud pública, estamos hablando directamente del ámbito de actuación de la arquitectura paisajista.
También existe una revalorización muy clara del agua como elemento central del proyecto. En un país mediterráneo, marcado por una creciente escasez hídrica, prolongados periodos de sequía y fenómenos meteorológicos extremos, el agua ha dejado de poder tratarse como un mero elemento escénico. Ha pasado a ser una materia estratégica del diseño territorial y urbano.
Otra tendencia destacada es la renaturalización de los entornos urbanos. Pero aquí conviene ser rigurosos: renaturalizar no significa abandonar el proyecto a la espontaneidad ni importar discursos simplistas. Significa reintroducir procesos ecológicos inteligentes en el diseño de la ciudad, conciliando uso humano, funcionalidad, mantenimiento y rendimiento ambiental.
También observo una creciente valorización de las llamadas soluciones basadas en la naturaleza, aunque me parece importante evitar que esta expresión se convierta en un eslogan tecnocrático vacío. Muchas de estas soluciones forman parte, de hecho, del ADN de la arquitectura paisajista desde hace décadas; simplemente les hemos dado nuevos nombres.
Al mismo tiempo, percibo un saludable retorno a la especificidad territorial. Después de años en los que ciertos modelos internacionales fueron replicados con escasa reflexión crítica, comienza a consolidarse la conciencia de que Portugal requiere respuestas propias.
Nuestro clima, nuestra matriz ecológica, nuestra cultura material, nuestros regímenes hídricos y la relación histórica entre producción agrícola, espacio urbano y paisaje exigen inteligencia contextual.
No tiene sentido importar mecánicamente soluciones concebidas para climas atlánticos húmedos, realidades centroeuropeas o narrativas urbanas desvinculadas de nuestra condición mediterránea.
Hay además una dimensión que considero especialmente relevante: la creciente interdisciplinariedad.
La arquitectura paisajista contemporánea trabaja cada vez más en la intersección con la ingeniería, la ecología, el urbanismo, la arquitectura, la planificación territorial, las ciencias sociales y la salud ambiental. Esto es positivo, siempre que esa apertura no diluya la identidad disciplinar, sino que refuerce su capacidad de liderazgo en procesos complejos.
Por último, observo una importante tendencia cultural: la sociedad comienza lentamente a comprender que la calidad del paisaje no es un lujo ni una cuestión de cosmética urbana. Es calidad de vida, competitividad territorial, sostenibilidad e incluso cohesión social.
Si tuviera que resumirlo, diría esto: la arquitectura paisajista portuguesa rechaza la irrelevancia y está desplazándose del paisaje como imagen al paisaje como sistema; del verde como decoración a la ecología como infraestructura; de la estética aislada a la inteligencia territorial. Y ese es, a mi juicio, exactamente el camino correcto.

